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domingo, 24 de agosto de 2014

Luis Enrique Martínez: El bestiario alegórico en los cantos de "El Pollo Vallenato"

Luis Enrique Martínez
El Hatico, Fonseca, La Guajira, 24 de febrero de 1922
Santa Marta, Magdalena, 25 de marzo de 1995

Lo que los puristas llaman actualmente “vallenato-vallenato” en referencia a lo más auténtico de esta expresión vernácula tiene una impronta cuyo origen conviene precisar.

No es la huella de los cantares que con guitarra grabara Abel Antonio Villa y Buitrago, o Bovea inaugurando el acetato, tampoco tiene la rúbrica de Alejo y Náfer Durán con su lamento quejumbroso y su herencia de baile canta’o, se descarta que sea Alfredo Gutiérrez o Calixto Ochoa con sus eclécticas propuestas matizadas de porro, fandango, jalaíto, guaracha, guararé y hasta pasaje.

Para algunos fue Francisco Irenio “Chico” Bolaños “el que puso la plana” para definir lo que el tiempo reconocería como “vallenato puro”, pero la falta de evidencias fonográficas conspiran contra los aportes del molinero.

Luis Enrique Martínez Argote surge entonces como la figura cimera que con su impronta rutinera definió los patrones rítmicos y melódicos del vallenato que tanto gusta y que se resiste a los embates de la alienante transnacionalización comercial.

La aparición en 1948 en las pastas sonoras de este acordeonero y genial compositor, nacido en El Hatico el 24 de febrero de 1922, constituye un hito trascendente para el futuro de la música vallenata en cuanto se convierte en el músico que más influencia generaría en la evolución y definición de lo que hoy valoramos como vallenato tradicional. Eran épocas en que esta expresión musical era un tejido sincrético con un componente organológico sin definir, matices rítmicos derivados de cumbiambas, con influencias de los conjuntos de guitarra, con asedios desde los géneros extranjeros como la guaracha. Un género sin identidad propia que recibía toda suerte de sustratos musicales y que con el tiempo sufrió un proceso de selección endógena hasta definir sus propios componentes .

Los aportes de músicos como Luis Enrique Martínez contribuyeron a darle al vallenato su propio matiz, el que luego se legitimó en los festivales El que nos mostraron la dinastía de los López Acosta, López - Gutiérrez y López - Carrillo en La Paz, el que encumbró a Colacho Mendoza como consagrado, el que hoy representa la dinastía Zuleta; el vallenato de juglares como Escolástico Romero y Monche Brito, pero también el que a veces nos muestra Cocha Molina, Saúl Lallemand y Chemita Ramos Navarro en los festivales, el que toca el mismo Alfredo Gutiérrez cuando se le antoja tocar vallenato puro. Todos ellos han cosechado fama con un estilo que respeta los cánones de la tradición y la fidelidad a lo auténtico. Si se pregunta quién definió ese estilo sólo surge un nombre con dimensiones doradas: Luis Enrique Martínez, “El Pollo Vallenato”.

Quien quiera alcanzar el trono de rey vallenato en cualquier festival de la región tiene que tocar con un estilo, y ese estilo tiene nombre propio: la rutina de Luis Enrique Martínez. Cada festival es un homenaje al hijo de Santander Martínez y Natividad Argote, sus canciones son las más preciadas en el repertorio de los concursantes, su rutina se repite como regla ineluctable, sus pases colorean de virtuosismo a los acordeoneros que interpretan en su herencia el camino a una corona. Quienes han querido imponerse en los festivales con un estilo diferente han palpado el fracaso: el más vivo ejemplo fue el genial Juancho Rois, pero muchos sabaneros que no han “seguido la plana” de Martínez han chocado con la derrota .


Luis Enrique Martínez, el que desde niño acompañaba a Santander Martínez en sus correrías por Machobayo y Tomarrazón animando colitas, el trashumante de los caminos que recorrió toda la zona bananera, que junto a Alejo y Luis Felipe Durán estuvieron desandando caminos de las sabanas de Bolívar y los meandros del Sinú y el San Jorge; el mismo que en su errancia le cantó a Fundación como a El Copey y a la distante Villa del Rosario; el que en tierras extrañas se autodenominada “El pollo vallenato” para distinguir su estilo del sabanero y bajero, el que nunca aceptó otra influencia por mucho que alternara con músicos de otros estilo, fue también uno de los pioneros en la exploración de nuevos instrumentos como el bajo, el cencerro y los timbales, uno de los primeros en incluir un vocalista como lo hizo con Julio Vásquez, Esteban Montaño y Armando Zabaleta. Sería, según Julio Oñate Martínez, el pionero en los pases y arreglos con el bajo, lo que llaman “bajo repica’o” y que se volvió arpegio de gala en la canción vallenata.

Pero Luis Enrique Martínez no solo sería un gran “pollo” para la historia de la ejecución del fuelle mágico, sería uno de los más fecundos compositores que exploró y dio dimensión colosal a los cuatro aires tradicionales que él ayudó a legitimar. Su prolija producción musical se puede categorizar en vertientes temáticas tan diversas como: la crónica y el anecdotario parroquial, historias y testimonios de la tradición esotérica regional, la actividad agropecuaria, el lamento y la denuncia, la exaltación personal y el panegírico, su romancero amoroso e inventario sentimental.

Particularmente en estas dos últimas preocupaciones temáticas evidencia una recurrente intención alegórica, teniendo como referente simbólico la naturaleza animal. Esta actitud es común en los músicos previos y los de su época dada las condiciones y el sustrato material que su contexto rural y campesino les sugiere. Luis Enrique Martínez vivió su infancia entre ganado y acordeón, entre el cultivo y los cantos de vaquería, sus preocupaciones temáticas son fieles a su entorno y de éste toma referentes para crear una relación alegórica entre los atributos de las personas y los animales.

Luis Enrique Martínez pobló así su cancionero con un bestiario pleno de asociaciones naturales que nos van revelando el contexto rural de sus canciones y las matrices simbólicas como elemento nutricio de los cantos vallenatos tradicionales. Desde su misma denominación se autopropala como “El pollo vallenato”, un apelativo muy recurrente en el vallenato para llamar a los acordeoneros nuevos (en oposición a viejo que es “gallo”) y con mucha capacidad de digitación. En “El pollo vallenato” reclama sus propio nombre:

El pollo vallenato

Salgo a los fandangos con mi pañuelito rojo
y mi acordeón en la mano
dispuesto para tocar
Luis Enrique, el pollo vallenato
si es candela, lo que van a llevar
Luis Enrique, el pollo vallenato
si es candela , lo que van a llevar

La cultura vallenata pone de manifiesto tradiciones arraigadas desde la colonia como las riñas de gallo cuya práctica ha alimentado temáticamente a la música regional. Luis Enrique usa este referente para defender su desafiante actitud en una época pletórica en piquerias y cuando todos reclamaban territorialidad. Salir al fandango con su pañuelito rojo y su acordeón en la mano es una clara alusión a la salida a un ruedo para batirse con otro gallo (acordeonero).


Pero “El Pollo Vallenato” muy pronto adquirió su condición de gallo juga’o y la gallera seguía siendo símbolo de su escenario de contienda como lo expresa en el merengue “El gallo javao”:

El gallo javao

Yo soy el gallo javao
que a nadie le tiene miedo,
ejecuto mi acordeón
con entusiasmo y requisito,
en la valle e’ Villanueva
o en cualquier valla que sea
puedo hacer una pelea
con el gallo más guapito.

Sus argumentos de contienda, los más leales, también quedan explícitos desde el argot de la gallería:

Yo recibo al contendor
sin espuela envenenada,
pa’ empezar esta pelea
que examinen las espuelas,
habrá cielo, buche e'sangre,
morcillera derramada,
tiro de pasadera
y queda la pelea ganada.

Si la actitud desafiante y el virtuosismo del acordeonero es sinónimo de pollo o gallo en la cultura vallenata, Luis Enrique nos demuestra como el donjuanismo y el galanteo acerca el hombre al depredador. En el paseo “El gavilán del paraíso” exalta las virtudes de “cazador” de uno de sus amigos:

El gavilán del paraíso

A’lantico e’ la sabanas de San Angel
hay un gavilán sin plumas
que persigue a las pollitas
ya y que le tiene una trampa lista
pero yo juro que si cae se sale,
ya y que le tiene una trampa lista
pero yo juro que si cae se sale.

Otro amigo, otro escenario, pero iguales condiciones reafirman su alegoría en el merengue “El gavilán peligroso”:

Muchachas, les aconsejo,
les dice Enrique Martínez (Bis)
que hay un gavilán pollero
en las regiones del tigre (Bis).

El se ha puesto peligroso,
vuela de rama en ramita, (Bis)
se le pone el ojo lloroso
cuando mira las pollitas, (Bis)


Al reconocer en otros “gavilanes” sus rivales también, como es apenas natural, asume su posición de depredador como lo insinúa en el paseo “Gavilán sin alas”:

Gavilán sin alas

Oigan muchachos, en la ciénaga e’ Sapayán
hay un gavilán que está haciendo mucho daño, (Bis)
yo le estoy rogando que no se vaya a llevar
a la morenita que me tiene entusiasmado,
si ese gavilán visita esa ladera
a mi morenita pronto se la lleva. (Bis)

Pero la condición rapaz del galán se reviste de condiciones raciales en el paseo “El pájaro negro”. El reino de los animales también se vuelve escenario de prejuicios raciales y clasistas:

A mí me llaman el pájaro negro
porque ando cazando una paloma blanca, (Bis)
ay, siempre vivo con un desespero
por esa joven que si vale plata. (Bis)

La paloma blanca es la que yo quiero,
tiene sin esperanzas al pájaro negro. (Bis)


En los anteriores referentes musicales se hace evidente la presencia femenina como sujeto de depredación. La mujer es la víctima del don Juan y su actitud pasiva, dócil y heterónoma difiere del carácter errante, agresivo y autónomo del hombre. La mujer se encuentra representada alegóricamente por la pollita o la palomita que son animales revestidos culturalmente de atributos asociados a la mansedumbre y la domesticación. Lo anterior pone al descubierto algunos componentes de la actitud masculina hacia las mujeres en el territorio donde estos cantos vallenatos tienen sentido y relevancia social. Pero a diferencia de la pollita (carente de movilidad y anclada territorialmente), la paloma se usa como símbolo de la mujer esquiva, la impredecible y errante como se aprecia en el merengue “Te vas volando”:

Te vas volando

Ay , paloma te vas volando
sin dame un adiós siquiera, (bis)
me dejas triste llorando
como si nada valiera. (Bis)

Te fuiste y sólo me dejaste,
solo tristeza me queda,
de mí tienes que acordarte
porque el recuerdo que llevas
aunque vueles a otra parte
ese recuerdo no dejas. (Bis)

La misma alegoría se evidencia en el paseo “Qué triste me dejas” :
Adónde vas palomita
palomita volantona
no quiero que andes solita
no quiero que andes sola (Bis)
vuela palomita
palomita vuela (Bis)
si te vas solita
qué triste me dejas (Bis)


La misma condición de indefensión paradigmática de la mujer en los cantos de Luis Enrique la hereda el hombre cuando el destino lo inclina ante la mujer. El gavilán, el depredador, se torna un simple “pajarillo” también por su capacidad para cantar, como titula el paseo "Pobre pajarillo":

Pobre pajarillo

Se oye un pajarillo, si señores, en la montaña
que canta de tarde y de mañana muy bonito,
cuando llegan las horas de la noche se enguayaba
cuando llega al nido y lo mira solito.

“El Pollo Vallenato” fue un pregonero del animal como metáfora de la condición humana, que se volvió elemento de recurrencia en los cantos vallenatos más acendrados y auténticos. Sus canciones son reservorios de alusiones a esa estrecha ligazón entre música y sierra, entre verso y naturaleza que es sustento de los cantos primigenios. La figura de Luis Enrique Martínez reclama un sitial de privilegio en el alcázar de los inmortales, su aporte creativo, su rutina definida, su numen autoral son argumentos para, en hora buena, dimensionar su nombre como el músico más influyente en la historia del vallenato tradicional. 

Fuente: Por Abel Medina Sierra en El bestiario alegórico en los cantos de Luis Enrique Martínez, 2007 (con insustancial modificación). http://abelmedina.blogspot.mx/2007/09/mis-artculos.html


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