Un porro soledeño que tiene su sitial en América Latina
Efraín Orozco Araújo
Aquel 6 de septiembre de 1946, Efraín Orozco Araújo estaba en la puerta de su casa, en el sector de la vieja Soledad, sentado en un taburete, como solía hacerlo todas las noches antes de irse a la cama. La luz pálida que desprendía la luna alcanzaba a darle un singular brillo perlado a su frente sudorosa.
Tenía un pantalón azul oscuro, doblado hasta las rodillas. Sin camisa y descalzo, rasgaba melodías de su vieja guitarra.
Desde la sala escuchó la voz autoritaria de su mujer, Virginia, recordándole que antes de acostarse debía buscar tres galones de agua para la cocina. No respondió. "Sabía mis obligaciones, pero en ese momento yo tenía una cita no programada con la musa, y no podía distraer mi atención. Así que seguí en lo mío". Este fue el relato que Efraín Orozco nos hizo en junio de 2002, a propósito de los 55 años de la grabación de El Mochilón, su porro célebre y uno de los símbolos musicales de Soledad.
Entretenido seguía Efraín Orozco, sacándole notas a su guitarra, cuando fue saludado por un vecino, esposo de su prima Micaela.
"¡Quihubo Orozco!", le dijo el hombre que con paso presuroso avanzaba en mitad de la calle. En respuesta, Efraín le preguntó: "¿Pa' donde va?". "Pa' la montaña", contestó el marido de Micaela sin disminuir el paso.
Las ramas de los árboles permanecían inmóviles, huérfanas de la menor ráfaga de viento.
Orozco siguió con la mirada al hombre que lo había saludado. Llevaba una mochila colgando en sus espaldas y un tamborcito en las manos. "¡Eche!. Pa' cuál montaña irá ese loco, si aquí en Soledad no hay esa vaina. Pa' donde él va queda el caño", dijo para sí. Pero enseguida recordó que 'La Montaña', es el sector donde residía un amigo suyo.
"Pa´la montaña"...
Esa expresión quedó revoloteando en su mente. No había desaparecido el marido de Micaela en la distancia cuando de la nada se le ocurrió el estribillo que le daría inicio a la canción.
Alumbra luna, alumbra luna, alumbra luna/ que ya me voy, pa' la montaña.
¡Apúrate Virginia!
Así fue como Efraín Orozco Araújo empezó a componer El Mochilón, que se convertiría en uno de los temas emblemáticos del folclor de la Costa Caribe.
Eran pasadas las 9 de aquella calurosa noche septembrina cuando fue abordado por la musa. Lo primero que se le ocurrió fue llamar a gritos a su mujer, "¡Virginia, tráeme un lápiz y algo en qué escribir, pero apúrate!". La mujer acudió al llamado instantes después, con un lápiz sobre su oreja izquierda y una bolsa vacía de cemento. "Es lo único que pude encontrar; en esta casa no hay papel", le dijo la mujer.
La canción
Efraín Orozco Araújo, el segundo hijo de los siete que tuvieron Casto y María, era, aquella noche, un muchacho que anhelaba ser un músico famoso en su municipio. Le faltaban tres meses y tres días para cumplir 25 años. Su primera canción no necesitó mayores ingredientes literarios. Sin embargo, reconoció que le costó mucho terminarla. El otro elemento que debía aprovechar para enriquecerla era la mochila del marido de Micaela. "Buen café y buena panela debe llevar en esa mochila", nos dijo que pensó. En esa imagen estuvo concentrado mientras permanecía sentado en el taburete, y después cuando llevó los tres galones de agua a la cocina. Más tarde, en su cama, agotado por las fatigas del día, empezó a construir versos, algunos incoherentes. El estado anímico propio del esfuerzo intelectual le impedía cerrar sus ojos. Así estuvo hasta muy avanzada la noche. cuando el sueño finalmente lo venció.
Con los primeros rayos solares del siguiente amanecer quedó listo el segundo verso. Y poco antes del ocaso del día la letra estaba culminada en su totalidad.
Pacho Galán fue el primer músico en conocer la letra. "Está bastante buena", le dijo a Efraín, luego de escucharla. "Voy a mostrársela a Guido Perla. Si a él le gusta la grabamos. A Perla también le agradó, pero solo la llevaría a los surcos del disco al año siguiente, en 1947, en la voz del soledeño Fernando Barceló". Desde entonces a El Mochilón le han hecho más de 25 versiones, siendo la más popular de todas la que grabara, en 1955, 'El Pollo barranquillero', Nelson Pinedo, con la Sonora Matancera.
Un prolífico compositor
Además de El Mochilón, Efraín Orozco compuso letras de diversos géneros musicales entre los que se figuran boleros, pasillos, valses y porros. Entre sus temas más apetecidos por el público se encuentran Cabaret, Romance en la playa, La pagarás, Por qué eres así, Definitivamente y La chivita. Tuvo intérpretes de lujo como Alci Acosta, Tito Cortés, Matilde Díaz, Fernando Barceló y Nelson Pinedo. Le grabaron 44 canciones y dejó inéditas más de 50. El maestro Efraín Orozco Araújo nació el 27 de diciembre de 1921 en Soledad. Allí mismo murió el 11 de julio de 2005. Sus restos reposan en el Cementerio Municipal.
Abundante descendencia
El maestro Orozco procreó 15 hijos con diferentes mujeres; el mayor de ellos lo tuvo con Virginia Fábregas, su primera esposa. Con Teotiste Isabel Moreno, su última mujer, convivió durante 40 años. Tuvieron tres hijos.
Para recordar
"Con 'El Mochilón', mi repertorio colombiano que grabé con la Sonora Matancera obtuvo gran Relevancia en Cuba". Nelson Pinedo.
El Mochilón - Nelson Pinedo con la Sonora Matancera
Por Fausto Pérez Villarreal, en Periódico Al Día, Viernes 1 de marzo de 2013.
Guanaco Sólido continúa vigente en el gusto del público salvadoreño y por supuesto en el mercado internacional. Desde sus inicios en Octubre de 2002 se consolidó como una agrupación musical diferente, gracias al ritmo que adoptaron.
Y es que esa mezcla de instrumentos del folklore colombiano, combinado con la música salvadoreña le han permitido llegar casi a sus nueve años, formando parte de muchos eventos importantes dentro y fuera del país, giras internacionales e infinidad de presentaciones.
Dimas Chuchini, Director y propietario de Guanaco Sólido se dio a la tarea de reunir destacados músicos, capaces de poner a funcionar sus ideas musicales y darle nueva opción musical a los salvadoreños y el mundo.
Todo ese esfuerzo ha dado frutos, obteniendo varios reconocimientos por su trabajo, entre estos destacan el Premio pentagrama como "Mejor Grupo Tropical del Año 2008", otorgado por el programa Domingo Para Todos, Medallas de Cabalgatas Artísticas, Diplomas de presentaciones radiales, "Hijos Meritísimos" de San Pedro Masahuat, entre otros.
Esta agrupación que actualmente promociona el sencillo "Miel de abeja", cumbia corralera original de Dimas Chuchini, también han sido invitados especiales al Gran Carnaval del Sur de Honduras en Nacaome Valle por 2 años consecutivos, alternando con grupos centroamericanos como Tribulenca de Honduras, Banda Machete de Guatemala y Los Mocuanes de Nicaragua.
Hoy en día Guanaco Sólido está integrado por doce músicos salvadoreños y colombianos, quienes se encargan de tocar instrumentos tales como: Bombardino, Clarinete, Trompeta, Sax Alto, Sax Baritono, Acordeón, Caja Vallenata, Guache, Percusión Menor, entre otros.
Hasta el momento llevan ocho producciones discográficas y tres dvd grabados en vivo, en los que han destacado ritmos corraleros, boleros, porros, cumbia y vallenato.
Fuente: por Morena Rojas en Suplemento Amigos, Diario Co Latino, Viernes 9 de Septiembre de 2011, No. 3039.
El nombre de Antolín Lenes está vinculado a las canciones más exitosas y recordadas de la música colombiana.
Nació en Ciénaga de Oro el 5 de marzo de 1924, y desde muy joven creó diversas agrupaciones musicales, entre las que cuentan "El Combo Los Galleros", "Antolín Lenes y sus Muchachos", "La Orquesta Juvenil" y "El Combo Orense". Murió en Montería el 27 de abril de 1976.
Su música siempre ha gozado de inmensa popularidad, ya que sus composiciones, entre ellas "Sonia", "Las Vueltas de Pello" y "Roberto Ruíz", fueron interpretadas por orquestas famosas, como la "Billos Caracas Boys".
Pero el nombre que más recuerda las gente es el de "Antolín Lenes y su Combo Orense", el cual está ligado al afecto popular, ya que grabaron temas como "La Tabaquera" -de Carlos Suaza- y "La Aventurera" -de Pablito Flórez-, que bailaron durante muchos años varias generaciones de colombianos. También aparece en la discografía como "Antolín y su Combo".
La voz de Lucy González -La Cieguita-, fue el complemento ideal para el éxito de sus producciones. Las canciones "Sonia", "La Tabaquera" y "El Polvorete", constituyen una trilogía difícil de igualar en la música tropical de Colombia.
Lucy nació igualmente en Ciénaga de Oro, y su nombre completo era Lucía Inés González Bedoya, pero fue más conocida como "La Cieguita". Hizo parte de las diversas agrupaciones de su pueblo natal, entre ellas la Orquesta Sonora Panaguá -de Johnny Saéz- y la Orquesta Juvenil y el Combo Orense -de Antolín Lenes-. Igualmente participó en la Orquesta de Pello Torres y en el Conjunto de Lucho Campillo.
Con su hermano Manuel Antonio -que ejecutaba el acordeón con gran maestría-, y su prima Cruz del Carmen Bedoya -conocida como Canosa-, conformaron un inolvidable trío de ciegos.
Aunque su mayor auge termina en el 97, hoy Tropical Florida busca recuperar terreno y seguir conquistando seguidores, a pesar de la competencia.
En los 70s, la moda de los grupos era bautizarse con el mote de “Tropical” y complementarlo con el nombre de alguna costa o ciudad, y así surgen Tropical Caribe y Acapulco Tropical, entre otros.
Y fue entonces que un puñado de jóvenes de San Pedro, Garza García, querían desde entonces, sin dejar pasar la tendencia y su sueño, formar un grupo, al que nombraron Tropical Florida. De eso ya hace 35 años.
Éste es el sueño cumplido de unos adolescentes, quienes en su paso de la primaria a la secundaria jugaban a tocar la música del momento, por lo que querían formar su propio conjunto.
Eran Adán de León, Jorge Martínez, Jorge Montoya, Inocencio Casas, Daniel Ramos y Antonio García quienes, en 1975, luego de un álbum de prueba para una compañía, grabaron el primero ya en forma, para Discos Chaín, donde vienen sus primeros éxitos: “Cachito de mi Corazón” y “La Perla”.
“Gracias a Dios empezamos muy fuertes, en una época en la que lo tropical estaba en su auge, y nosotros, muy jóvenes, logrando hacer ruido”, recuerda De León, el vocalista insignia del conjunto.
“Cachito de mi Corazón” es un tema que nos abrió camino. Es de Raymundo Sáenz, quien fue el director artístico y compositor muy fuerte del grupo de muchos temas”.
Tropical Florida manejaba la cumbia con predominancia en el sonido de la guitarra y el teclado, pero también tenía baladas, definiéndose como un grupo tropical romántico.
Los nuevos discos comenzaron a llegar. El volumen dos, Me Voy a Ir Muy Lejos, afianza su carrera, y en el cinco encuentra su canción cumbre: “Mi Chica Ciega”, que fue todo un éxito en México.
“La verdad todavía, hasta la fecha, no hay lugar donde se presente el Tropical Florida en el que no estén pidiendo desde que empezamos ‘Mi Chica Ciega’”, añade el vocalista en alusión a la famosa cumbia.
El conjunto se mantuvo fuerte con esos temas y los popurríes de cumbias, de los que sacaron varios, siendo el primero el que incluía cóvers como “Que le Maten Pollo”, entre otros.
Para finales de los 80 agregó otros más que les revivieron fama, como “La Niña Está Triste” y “La Incondicional”, para principios de la siguiente década unir a sus filas a Ramiro Díaz como vocalista.
Este cantante le dio un breve giro al grupo con los cóvers que sacaron en 1992, con temas como “No Podrás”, “Todo lo que Hago lo Hago por Ti” y “Cien por Ciento”.
Fue por esos años que De León se retiró brevemente de Tropical Florida para atenderse, pues su voz comenzó a darle problemas, pero regresó.
El auge fuerte del grupo acabó por ahí de 1997.
Recién concluía una gira por Sudamérica cuando el tecladista, Jorge Martínez, sufrió un accidente y salió. Fueron poco más de dos años de sequía y virtual desintegración, para luego tener un regreso con presentaciones intermitentes, añade el también vocalista y bajista.
Dos Floridas
La agrupación, ya con nuevos integrantes, regresa en el 2002; incluso, Adán de León graba un CD de sus éxitos, pero luego se viene una separación que hoy provoca que existan dos Floridas.
Uno lo dirige Jorge Montoya, integrante original, pero quien, según De León, dejó el grupo como socio poco después del accidente de Martínez, el otro fundador.
El vocalista comenta que Montoya regresa, pero ya como un integrante más, pero al paso de los años, cerca del 2007, resulta que este último tenía registrado el nombre, por lo que incluso en algunos videos subidos a la red, éstos se anuncian como Tropical Florida Original.
Hoy, y luego de procesos legales, De León señala que tanto él como Montoya pueden usar el nombre, pero siente que a él la gente lo ubica por la fama que le dio ser el vocalista.
“A mí me hablan de la Procuraduría y me piden papelería para demostrar mi antigüedad, mi posesión, y la demuestro. Y me dicen: ‘Siga para adelante con su nombre, no tiene nada de qué preocuparse, porque usted tiene posesión y antigüedad’”, asegura.
Actualmente el grupo trabaja como base en el noreste, pero poco a poco va tupiendo la agenda y pronto irá a Puebla.
Volver a grabar, con la combinación de cóvers e inéditas, es algo que Tropical Florida tiene en mente, pero quiere ir paso a paso.
“Tuve la grandísima oportunidad de alternar con la Sonora Santanera en varios masivos, con Rigo Tovar en la Expo, con los Sonor’s, los Yonic’s, después los Temerarios; Bronco no se diga, todavía el año pasado en Saltillo”, recuerda De León.
Integrantes actuales
Adán de León: Vocalista y bajo
Antonio García: Güiro
Néstor Aguilar: Batería
Eulogio Loera: Tumbas
José González: Guitarra
Jesús Rivera: Coreógrafo
Jesús Olegario: Coreógrafo
Adán García: Teclado
Éxitos radiales
“Mi Chica Ciega”
“Cachito de mi Corazón”
“La Perla”
“Chupando Caramelo”
“Besitos Sí, Besitos No”
“Que se Mueran los Feos”
“La Muchacha”
“Me Voy a Ir Muy Lejos”
“Cosas”
“Abrázame”
“Adiós, Hasta Nunca”
“La Niña Está Triste”
“La Dominguera”
“La Incondicional”
“No Podrás”
“Cien por Ciento”
Fuente: Por Jesús Carvajal, en El Metro, jueves 9 de septiembre de 2010.
Fue en 1962 cuando grabaron su primera producción musical con Discos Fuentes y en ella impusieron éxitos de la talla de Barranquillerita, Gregorio el bembón, Llambae, El perro de Manuelito, su versión de El pájaro picón y Noche de estrellas. En las voces, estaban Manuel Iriarte, Frank Cortés y Lucho Argaín.
José Luis Logreyra los presentó así:
“Es inexplicable que un conjunto con un ritmo de tal pureza bailable, con un estilo tan genuinamente tropical, no haya recibido la debida publicidad, la justa difusión discómana, la muy merecida oportunidad de entrar por la puerta reservada a los grandes artistas colombianos del momento”.
“Nos referimos, claro está, al sensacional conjunto barranquillero, que bajo la dirección de los hermanos César y Alfredo Pompeyo, es, desde hace varios años, el gran favorito de las pistas de baile en las ciudades del Atlántico colombiano, la Sonora del Caribe”.
“La Sonora del Caribe, en sello de Discos Fuentes, ha impreso una estupenda colección de doce números que son un ininterrumpido desfile de temas exclusivamente bailables. Oyendo las primeras pruebas de la cinta magnética comentaron entusiasmados César y Alfredo: –nunca nos habíamos oído tan fielmente”.
“Con estas selecciones amigos nuestros, a cualquier hora de cualquier día de la semana, la temperatura puede ascender hasta el grado de ebullición. Los cables de alta tensión melódica trinan de lo puro cargados que están con estos sonoros musicales del gran Pompeyo”.
César Pompeyo Chavistad, fue el director y fundador de esta orquesta. Disfrutó de un gran reconocimiento musical en todo el país durante las décadas sesenta y setenta, como director de su agrupación, como trompetista y como compositor.
Nació en Bogotá pero se radicó en Barranquilla a finales de los cincuenta. Se casó con Mery Guevara (q.e.p.d) y tuvo cuatro hijos: César, Perla, Wilmer y Mónica.
Fundó en 1951 el célebre grupo musical Sonora del Caribe, con el que grabó muchos discos. Entre los músicos y cantantes que en distintas épocas hicieron parte de dicho conjunto, estuvieron su hermano Alfredo, conocido como «Tarzán», «Cayo» Leonidas, «Nico Taranta» Pérez, Saúl Torres, Ladislao «Lalo» Orozco, Pompilio Rodríguez, «la Foca» Navarro, Raúl «el Buga» Escobar, «Pajarito» Hurtado, Gilberto «Platanito» Caballero, Luis Eduardo «el Gran Jabao» Arévalo, Félix Mercado, Carlos Manotas, Remberto Brú y Manuel Iriarte.
Los vocalistas de fama internacional que acompañaron la Sonora del Caribe, no sólo para presentaciones sino al grabar discos, fueron los cubanos Bienvenido Granda, Celio González y Miguelito Valdés. Lo mismo que el boricua Daniel Santos y la azteca Toña la negra.
Entre los principales éxitos de la orquesta se encuentran Gaita colombiana y Barranquillerita, ambas composiciones de Pompeyo.
César Pompeyo, de 75 años, murió en Barranquilla, el 13 de mayo de 2006, al ser atropellado por una motocicleta que circulaba en contravía y cuyo conductor también perdió la vida.
Fernando Fernández es uno de esos talentos cuya energía y habilidad se manifiestan en muchas direcciones. Antes de consagrarse como un barítono romántico, Fernando fué, con éxito, un artista o pintor comercial y desempeñó también el cargo de director de programas radiales; todo esto después de haberse graduado de ingeniero mecánico. En su temprana carrera musical, dirigió un conjunto, aunque esta experiencia con ritmos fuertes contradice la calidad aterciopelada de sus interpretaciones vocales.
Víctor Fernando Fernández nació en la pintoresca ciudad de Monterrey. Su padre, un oficial del ejército mexicano, se sentía orgullosos de la versatilidad de Fernando y decidió darle una educación esmerada. La carrera radial de Fernando comenzó en Monterrey con un programa de canciones y cuentos infantiles, el cual fué más tarde trasladado a la estación XEW de ciudad de México. Luego de varios años como el "Lolito" de los niños, se le brindó la oportunidad de cantar aires populares en la misma estación. Su estilo causó sensación y Fernando recibía incontables ofertas de productores de películas y de centros nocturnos. Sus actuaciones en películas, que se iniciaron con una pequeña parte de canto en "La Isla de la Pasión", culminaron en la inmensamente popular "Las Abandonadas". Mientras tanto, Fernando empezó a cantar en clubes y teatros, viéndose obligado a cantar no sólo por todo México sino en teatros llenos de bote en bote en otros países hispanoamericanos, así como en los Estados Unidos.
Al igual que muchos cantantes, Fernando consideró sus discos tan interesantes para él como lo fueron para el público. "Empecé a darme cuenta de que el escuchar una grabación era la manera más eficaz de perfeccionar mi canto", dijo él. "Nunca sabrán cuánto he aprendido desde que comencé a grabar para RCA Víctor". Lo que Fernando dejó, con modestia, de mencionar es que, desde su debut en discos RCA Víctor en 1942, los amantes de la canción popular en el hemisferio occidental lo consagraron como uno de los máximos intérpretes latinoamericanos de la época. Los ocho números que se han seleccionado aquí tipifican el estilo brillante y emotivo que caracteriza el arte de Fernando Fernández.
Fuente: modificado de la portada trasera del LP.
Temas:
1 Cabaretera
2 Estrellita del sur
3 El plebeyo
4 Hipócrita
5 Un corazón
6 Nube gris
7 Callejera
8 Contigo a la distancia
A menudo se considera a la cumbia de origen africano, a causa del parecido nominal con el baile cumbe practicado en Guinea. Pero el origen de la cumbia está tan enraizado en las tradiciones indígenas del norte de Colombia como en sus influencias africanas.
Numerosos musicólogos colombianos han afirmado que la cumbia evolucionó de la tradición de los indios taíno-caribeños del areito, un círculo en el que se bailaba, se interpretaba música y se recitaba poesía, practicado ampliamente por la población indígena de la zona caribeña. Algunas de las canciones del álbum Areíto (1992), de Juan Luis Guerra, en el que éste celebraba la cultura indígena prehispánica de la Hispaniola, siguen esa hipótesis. Los ritmos de las citadas canciones guardan un parecido razonable con la cumbia.
Otra corriente de opinión defiende la hipótesis de una fusión entre las culturas africana e indígena que tenían lugar durante las fiestas de carnaval en Cartagena de Indias, el puerto colonial caribeño de Colombia. Allí se celebraban rituales parecidos a los areítos (la influencia de los taínos y del Caribe arraiga en el norte de Colombia mediante la interacción y las posibles relaciones de parentesco entre las tribus caribeñas y los chibchas, grupo del río Magdalena), y los africanos se unían a ellos, puesto que las poblaciones africanas gozaban de una tradición parecida de baile en círculo. Se dice que la artesanía africana era más avanzada que la de los indígenas, de ahí que los primeros ayudasen a fabricar unos tambores más eficaces, lo que obligó a que las flautas gaita de los indígenas tuviesen una orientación rítmica más marcada. La polirritmia africana influyó también en los estilos de baile.
La cumbia es un ritmo único en América Latina; al contrario que en países caribeños como Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana, en Colombia la presencia indígena no había sido aniquilada y se deja sentir junto a las influencias africanas y europeas. La cumbia se desarrolló en Colombia a lo largo de las zonas costeras, producto del intercambio entre colonizadores europeos, esclavos africanos y población indígena, y los conquistadores españoles lo impulsaron en el interior del país.
La cumbia posee una luminosidad, una orientación que no se logra por la mera posibilidad de la improvisación, tal como sucede en la música cubana, sino mediante el ritmo, por la acentuación del tiempo débil en vez del fuerte, al contrario tanto de la música cubana como del blues. La cumbia puede llegar a ser hipnótica, cuando su ritmo sutil se hace presente en la pista de baile y la obsesiva gaita (una flauta larga), que supone la principal influencia indígena, produce su hechizo.
La primitiva forma de la cumbia, llamada a menudo como música de gaitero (en referencia a los intérpretes de las flautas gaita), lleva siglos tocándose en la región costera del Caribe. En su forma folklórica esencial, que se interpreta con tres tambores de tamaños diversos (con uno tan grande como el usado en el merengue), las maracas y la flauta gaita, la cumbia se remonta, como mínimo, a la época de Simón Bolívar, a inicios del siglo XIX. Las melodías etéreas del gaitero, que aún se escuchan actualmente entre los indios cuna y kogi, se tocan en contrapunto mutuo y se combinan con el ritmo fijo e hipnótico de un pequeño tambor, las improvisaciones alegres y diestras de dos tambores más, y los ritmos de adorno de la maraca. Uno de los gaiteros sostiene la gaita con una mano y la maraca con la otra, y con un ritmo y una agilidad asombrosos los toca los dos a la vez, y sólo quita los labios de la flauta para cantar.
En los siglos XIX y XX la cumbia se desarrolló de manera parecida a la música cubana. Se añadieron nuevos instrumentos modernos y las influencias de las técnicas de grabación y las tendencias en otros países latinoamericanos hicieron que la cumbia fuera más rápida y más moderna. A inicios de la década de los treinta del último siglo las orquestas de cumbia, como La Sonora Cienaguera, bajo la influencia de las orquestas norteamericanas de swing, añadieron saxos y trompetas.
A mediados del siglo XX, los directores de orquesta colombianos, como Lucho Bermúdez, trataron de combinar la cumbia con varias clases de música afrocubana, con poco éxito fuera de Cuba (seguramente debido a la carencia de sofisticación en las grabaciones y la ausencia de familiaridad que el resto del mundo tenía con los ritmos colombianos), y conjuntos de cumbia, como La Sonora Dinamita, adoptaron las formaciones de «orquesta» habituales en la salsa.
Hoy en día la cumbia es uno de los ritmos más populares de Latinoamérica, especialmente en México, que también comparte con Colombia el corrido, una especie de canción folklórica de protesta interpretada con guitarra (en Colombia siempre han triunfado los géneros musicales mexicanos y los han importado libremente; a menudo es más fácil encontrar mariachis en Colombia que en cualquier otro lugar, aparte de México y Centroamérica). Buena parte de lo que se conoce como música tejana —la música contemporánea de Texas y el norte de México que Selena hizo célebre—, no es más que una versión pop de la cumbia. Y tal vez, aún más importante, la cumbia es una de las influencias más destacadas en la música pop tropical contemporánea que se fabrica en los modernos estudios de Miami.
Fuente: Morales, Ed. Ritmo latino, la música latina desde la bossa nova hasta la salsa. 2006.
Ha pasado un año ya de la desaparición física del Kombo Kolombia, grupo regio con muchos seguidores y que no se olvidan de ellos ni de su música. Muchas interrogantes rodean este funesto suceso y, aunque se aclararan, el daño provocado a sus integrantes y sus familias ya no tiene remedio.
Hoy los recuerdo cuando abrieron una presentación realizada el 4 de septiembre de 2010 en La Fe Music Hall, donde enseguida participaron el vallenato Nelson Velásquez y una de las glorias colombianas, el extraordinario Policarpo Calle.
Temas:
01 Huepa, huepa
02 Tú eres ajena
03 Cumbia de las cuerdas
04 Cumbia Nuevo León
05 Regresa
06 Señora
07 Aunque me duela
08 Marisol
09 Cumbia rebajada
10 Mala fama
11 Cumbia de los locos
12 Así se baila la cumbia
13 Cumbia de la paz
14 Cavo banda
La idea de formar este grupo nació en la colonia Independencia de la ciudad de Monterrey, Nuevo León, en el año de 1985, a partir de un grupo de amigos.
Pioneros de la música vallenata en México, Los Vallenatos de la Cumbia es el primer grupo que logra romper los tabúes de la música colombiana y de este famoso ritmo en nuestro país. El secreto de su éxito, además de su ya reconocido talento, es que sus integrantes crecieron escuchando y bailando el vallenato, que es lo que canta y baila el pueblo.
Algunos de los temas que se han escuchado de Los Vallenatos de la Cumbia, son “La cumbia chida”, “Mentiras”, “Fanny”, “Playa, brisa y mar”, “Yo contaba contigo”, “Sal y agua”, “Me está faltando algo”, “Muchacha encantadora”, “Los recuerdos no abrazan”, “Mi chica bonita”, “Esa Morena”, entre otras que han dado muestra del poderío de la música vallenata en las radiodifusoras de México.
Para los hermanos Sias Sánchez: Sergio (voz y acordeón), Martín (timbales) y Francisco (guacharaca), su sueño de llegar a figurar como uno de los grandes se hizo realidad, ya que después de tanto esfuerzo comienzan a ser llamados “La nueva imagen de la música colombiana”.
Entre los grandes logros de Los Vallenatos de la Cumbia están el haber roto los tabúes que se tenían en México acerca de la música colombiana y el vallenato; después de hacerlo, llevan su propuesta a Paraguay y Argentina donde el apoyo no se hizo esperar, nombrándolos “Dioses de Sudamérica”. Además, gracias al éxito que estaban logrando, los invitan a participar con uno de sus temas en una escena de la película “Asesino a sueldo”, protagonizada por los actores David Reynoso y Fernando Aldama.
Fuente: Página oficial de Los Vallenatos de la Cumbia en facebook.
Javier López, el "Rey Vallenato"
Loable músico de la colonia Independencia para el mundo. Foto: Guillermo Jaramillo
Javier López fue la voz de Los Vallenatos de la Cumbia, originarios de la colonia Independencia, y en aquellos días podemos recordar a cierto sector de la sociedad tildarlos de pandilleros, drogadictos y escoria de la sociedad. Sin embargo, Javier señala que muchas de estas personas no los llegaron a conocer y juzgaron mal.
“Es importante que sepamos apreciar las cualidades de las personas, descubrir lo que una persona piensa, no juzgarlo por su vestimenta o por su manera de bailar.”
“En los tiempos que estuve trabajando en la música siempre veía a las personas de la misma manera, personas a las que si uno les habla bien responden de manera correcta”, señala López.
Hoy en día, Javier se encuentra retirado de la música y se ha convertido a Testigo de Jehová predicando de casa en casa, además de que atiende un pequeño negocio que es su sustento. Hoy que la Colonia Independencia vuelve a estar en la mira de quienes gustan de señalar desde lejos con el dedo, para López la educación en casa es lo más importante.
“Sin duda pasa el tiempo y las cosas cada día se ponen más difíciles. Hay que ser realistas, la gente debe seguir trabajando como es normal”.
“Lo importante es que cada uno de nosotros tenemos que trabajar con nuestros hijos. Si yo hago un producto para venderlo afuera tiene que tener buena calidad. Si trabajamos bien en nuestras casas vamos a tener buenos valores”.
De vez en cuando la guitarra vuelve a llamarle la atención, sin embargo López considera que existe un tiempo para todo, y por hoy la música puede esperar.
Un cuarteto de mucha calidad sonora que hizo, en sólo cuatro años, fortalecer los aires regionales combinando sus voces con la guitarra y el acordeón, algo que tentativamente había iniciado el gran Guillermo Buitrago. Así mismo, se dio a conocer ante el mundo al genial Aníbal Velásquez. ¿Se puede pedir más?
La música vallenata, interpretada con acordeón, a mediados del siglo pasado no tenía los alcances que hoy puede mostrar. Todavía se hallaba fresca la huella artística de Guillermo Buitrago, quien supo capitalizar su inmenso talento para cantar, tocar la guitarra y componer canciones con un significativo color y calor de estas tierras que lo catapultaron como ídolo. Cuando la muerte le llegó, prematuramente, la semilla de su legado musical se esparció por todo Colombia.
Por la fría Bogotá surgió un joven, Julio Torres, cantante y guitarrista que interpretaba el repertorio del ídolo cienaguero con propiedad y mucha gracia. Con esa música se hizo conocer en la Colombia andina, vastedad geográfica donde se apreciaba mucho lo hecho por Guillermo Buitrago. El acordeón, tocado por Jorge Rojas, armonizó con las dos guitarras del grupo y con los bongoes. La guacharaca, además, encajó en ese conjunto como un instrumento percusivo menor que le daría el brillo y el complemento marcante a las canciones interpretadas. Era algo parecido a lo hecho por las dos guitarras de Buitrago con el acordeón de Alejandro Barros (Corazón), cuando éste fue solicitado para algunas grabaciones.
A pesar de la existencia del trío de Bovea y sus Vallenatos, el capitalino Julio Torres, con sus Alegres Vallenatos, logró imponerse a finales de los años 40s del pasado siglo. Primero, con el merengue “Los camarones” y con el paseo “El aguacero”. Luego vendría “Pomponio”, otro paseo que pasó victorioso por las parrandas y bailes populares del país, sin dejar de mencionar otros temas del folclor vallenato con un tinte “enruanado”, como “Mi canoa”, “La colegiala” “La totuma” y “Me voy a Plato”, todos ellos de la autoría del admirable Julio Torres.
Pero el infortunio llegó a la vida de esa promesa artística de Colombia. Estando en Cartagena por los avatares propios de su profesión, no supo calcular los peligros del impetuoso mar Caribe en aquellos inexpertos bañistas. Murió, a la edad de 20 años, el 9 de enero de 1951.
En esa época ya era conocido el acordeonero, cantante y compositor magdalenense Abel Antonio Villa, que desde 1944 se convirtió en el pionero de las grabaciones conocidas como “vallenatas”. Aquellos aires suyos, muchos de ellos aún vigentes por intérpretes de estos días, tuvieron mucha aceptación entre los sectores más populares de la región, principalmente en la parte del Magdalena Grande. En esos contornos, “Yo tengo mi Candelaria”, “La pobre negra mía”, “El pleito”, “En la orilla del río” y tantas piezas más de este hazañoso juglar, alimentaron el espíritu gozón de los amantes de la música en acordeón.
Otro que despuntó con el fuelle de origen alemán fue Luis Enrique Martínez, nacido en Los Alticos, municipio de Fonseca, La Guajira, un hombre que se dio a conocer mundialmente en 1949 con la magistral interpretación de “La cumbia cienaguera”. Posteriormente, afianzó su bien ganado prestigio con una serie de piezas que han enriquecido los ritmos tradicionales de esta festiva tierra.
En cuanto a otros formatos orquestales, las agrupaciones cubanas tipo charangas, sextetos, septetos, sonoras, big bands, etc., impusieron en el medio sus guarachas, sones, danzones, mambos, boleros, guajiras y tantas expresiones musicales más que hicieron del Caribe colombiano una extensión de esas propuestas que lograron arraigarse con suma afección. Y de Venezuela, orquestas como la Billo’s Caracas Boys y la de Luis Alfonso Larraín lograron, también, incursionar con fortaleza por estos lares.
En lo interno, las orquestas de Lucho Bermúdez, la A Nº 1, Emisora Atlántico Jazz Band y Emisora Fuentes hicieron de sus grabaciones el mejor vehículo para promover y afianzar lo nuestro en materia musical. Sin olvidar, claro está, el importante aporte hecho por Los Trovadores de Barú.
UN FELIZ ENCUENTRO
En 1949 causaba admiración en La Arenosa un niño de 13 años que tocaba el acordeón con mucha sapiencia. Antes de dominar ese arrugado instrumento, tocaba la dulzaina, la caja y la guacharaca, virtud heredada de su padre. El nombre de Aníbal Velásquez comenzó a ser escuchado entre los moradores del barrio San Francisco (conocido popularmente como “San Pacho”, hasta la fecha) porque en la tienda que tenía su padre (La Dalia), éste organizaba con sus amigos y clientes unas formidables parrandas con la participación musical de sus hijos Juan y Aníbal. Pero este último, se convirtió en el centro de atención de todo el barrio por el don artístico que ya mostraba, a pesar de su corta edad.
Al cambiar de barrio la familia Velásquez Hurtado, el jacarandoso Rebolo se convirtió en el espacio urbano para que continuara, apropiadamente, con ese perfil glorioso de músico natural con el que había nacido y luego desarrollado en su familia de miembros muy melódicos. En ese populoso sector de Barranquilla, el joven Aníbal tuvo de vecino a Nelson Pinedo, con quien tuvo la importante sociabilidad musical que tanto les sirvió a los dos.
Cuando los anteriores hechos comenzaron a vislumbrarse como positivas formas para un futuro promisorio del joven acordeonero de esta ciudad, un cartagenero dicharachero, que ejecutaba muy bien la guitarra y cantaba con una voz alegre y fina, vivía su drama del alma entre continuar como agente activo de la Policía Nacional o rendirse ante el placer que le producía el sentirse artista. En esa institución armada conoció a ilustres músicos, como Pacho Galán, Marcial Marchena, Lucho Vásquez, Antonio María Peñaloza y al maestro Alejandro Barranco, director de la Banda Departamental de la Policía.
De esa formidable banda no se perdía, cuando estaba en franquicia, de sus ensayos y retretas dominicales. El amor de Carlos Román por la música fue inmenso. Pacho Galán le ayudó mucho, sobre todo en las composiciones que les mostraba, porque en lo que respecta a los otros componentes de este arte, principalmente su gramática, el maestro soledeño le aconsejó mantenerse con su picardía y naturalidad para hacer música. Eso si, con disciplina.
Carlos Román siempre vivió agradecido de la orientación que le dio “El Rey del Merecumbé”, algo que patentizó, muchos años después, con la linda pieza “Merecumbé suave”, en la que este coloso de la trompeta intervino con ese instrumento y en los arreglos. El hábil cartagenero escribió: “Bonito que toca Morgan / y canta Carlos Román / y con su buena trompeta / el maestro Pacho Galán / muy suave el merecumbé / sabroso para bailar / lo mismo se está poniendo / el ritmo del chiquichá”.
Muchos fueron los momentos que compartió Carlos Román con sus amigos músicos en la calle San Juan (36) entre las carreras La Paz (40) y Progreso (41), sitio donde se concentraban los más importantes almacenes de discos. Una tarde lluviosa de abril, este simpático personaje llevó su guitarra recién comprada a la citada dirección. Y para llamar la atención con su deslumbrante instrumento de cuerda, en uno de esos almacenes comenzó a entonar guarachas y sones cubanos, entre estos últimos aquel de Miguel Matamoros “Mamá, son de la loma”. De pronto surgió, entre los presentes, una segunda voz bien afinada y con la típica cadencia cubana. Se trataba del joven Aníbal Velásquez. Así, se conocieron estos dos artistas.
La empatía que los embargó en esos pocos minutos se consolidó cuando Carlos Román cantó el paseo de Julio Torres “El aguacero”, pidiéndole a Aníbal Velásquez que lo acompañara nuevamente con su fresca voz, porque en el disco grabado por Los Alegres Vallenatos, éstos sonaban muy “acachacados”, bastante gallegos, afirmó Román. Al terminar ese bonito número musical, el ya ex-agente de policía comentó: “carajo, si tuviéramos un acordeón, la vaina sería mejor”. A lo que Aníbal le respondió, “yo toco acordeón”.
Amainada la lluvia de esa tarde, Carlos acompañó a Aníbal hasta su casa. Allí el imberbe acordeonero lo dejó con la boca abierta al interpretarle el vals “Tristezas del alma” y la rumba criolla “Qué vivan los novios”, además de varios paseos y merengues de Abel Antonio Villa. Carlos Román encontró allí a un maestro para digitar el acordeón.
LOS NUEVOS VALLENATOS
Las visitas de Carlos Román a la residencia de los esposos José Antonio Velásquez y Belén Hurtado fueron frecuentes. Durante ellas, muchas fueron las veladas musicales programadas. Carlos cantaba y tocaba la guitarra, Aníbal en el acordeón, Juan en la caja o en los bongoes, según las circunstancias rítmicas, “el viejo” José Antonio al mando de la guacharaca y doña Belén, algunas veces, haciendo coros. Allí se incubó el formato de lo que sería, un poco más tarde, Los Vallenatos del Magdalena. Eso era algo que Carlos Román ya visionaba, hasta el punto de atreverse a ensayar con ellos algunas de las canciones que había compuesto.
Maduradas así las cosas, les comunicó: “Yo tengo un hermano, llamado Roberto, que canta mejor que yo. Su voz es afinada, melodiosa y con una tesitura que le permite cantar, ajustado, en los tonos de esta música con toda facilidad. Pronto, se los presentaré”. Y así fue. Transcurrió sólo una semana para que “Romancito” estuviera deleitando, con sus registros tenorinos, al grupo dirigido espontáneamente por su fraterno músico aficionado.
Todos se alegraron por la calidad que le imprimió Roberto al cuarteto recién creado, porque además de cantar tocaba la guacharaca y las maracas maravillosamente. El más eufórico fue el padre de los Velásquez. Por eso, cuando Carlos Román le propuso llevar el conjunto a Cartagena, ante algunos contactos que ya tenía adelantados en esa ciudad para grabar dos de sus piezas, no opuso mayor resistencia ya que “el pelaíto”, como le decía a Aníbal, iba a estar controlado por Juan, su hermano mayor.
A los padres de este adolescente acordeonero no se les había olvidado aquella tormentosa travesura del adorado hijo cuando con apenas 12 años, instigado por Cayetano Racedo, un albañil conocido de la familia y compañero de trabajo de Juan Velásquez en el campo de la construcción e instalación de estructuras metálicas, además de buen guacharaquero, se le dio por explotar las virtudes musicales del prodigioso niño en su beneficio personal. Fueron tres meses de consternación los vividos por los Velásquez Hurtado. Gracias al papel de la Policía de Bolívar, fueron detectados en Sincelejo y luego remitidos a Barranquilla, donde el atribulado padre estuvo a punto de matar al infeliz aventurero que se aprovechó de la inocencia de su precoz hijo.
Al quedar atrás ese infausto episodio, los hermanos Velásquez partieron hacía Cartagena, llenos de ilusiones, una mañana del mes de agosto de 1951. Carlos Román los instaló en casa de Concha, su hermana residente en el barrio La Esperanza. En esa vivienda hicieron los primeros ensayos para darse a conocer, paso que se dio inicialmente a través de Radio Miramar, donde el grupo impactó desde su primera presentación en vivo. De allí surgieron sus contratos iniciales para amenizar bailes en pequeños centros nocturnos y bazares en colegios y en la Universidad de Cartagena. Y de las grabaciones, ¿qué?
En efecto, Carlos Román tuvo la promesa de Toño Fuentes para escucharlos. Y cuando esto sucedió, quedó encantado con la calidad del grupo, poniéndole dos condiciones para grabarle. Una: cambiarle el nombre, que para él no era claro. ¿Qué es eso de Vallenatos del Magdalena? Y dos: con el nuevo nombre, el conjunto pasaría a ser propiedad de Discos Fuentes. Esas dos exigencias, fueron rechazadas por Carlos Román.
Los programas de Radio Miramar, ante esta frustración inicial, siguieron acrecentando la popularidad del magnífico conjunto. En la llamada Sabanas de Bolívar y Córdoba, se interesaron por su música. Lo mismo sucedió en importantes poblaciones ribereñas. Desde El Carmen de Bolívar, Sincelejo, Cereté, Montería y Magangué recibieron invitaciones bien pagadas. Por los lados del Bajo Cauca, aconteció algo parecido. Con esa aceptación y vítores de carácter regional, apareció en Cartagena un empresario de discos. Así recuerda Aníbal Velásquez ese suceso:
"Carlos nos citó un mediodía a un almuerzo con un señor de Barranquilla que quería conocernos. Su apellido era Cabrera y nos habló de su empresa de discos y de sus intenciones de ponernos a grabar en Discos Atlantic. A nosotros nos complació la idea, porque era lo que nos faltaba, no por lo económico sino por la proyección del grupo en toda Colombia. Ese mediodía se concretó todo. En la noche me despertaba a cada rato, no podía creer que la gente me escuchara con el acordeón y haciendo coros en discos. ¡Qué carajo!"
Transcurría el mes de Julio de 1952. Jaime Cabrera, nombre completo del empresario contratante, dispuso todo para las grabaciones de cuatro temas. El primero fue “La casa en el aire”, paseo de Rafael Escalona, que apareció, no se sabe por qué, a nombre de Roberto Román, persona a la que nunca se le conoció ese dote. Seguidamente, el turno fue para “Alicia la campesina”, paseo de la autoría de Andrés Landero. Luego grabaron “La profesora”, paseo de Abel Antonio Villa. Para, finalmente, cerrar con el merengue “La gallina”, compuesto por Juan Velásquez.
Los tres primeros números pegaron con mediana popularidad. No así “La gallina”, que arrasó en las fiestas novembrinas de La Heroica y mantuvo ese nivel en la Navidad y Año Nuevo. En el Carnaval de Barranquilla (1953), ratificó su elevadísima preferencia. Con esas grabaciones, Los Vallenatos del Magdalena volaron alto. Aquí en la Costa Caribe, como en el interior del país, se escuchaba aquello: “El gallo estaba dormido / la gallina tenía un afán / cuando viene el gavilán / pío, pío, pío, pío / le contesta la gallina / co co co co co co co co có / entonces contesta el gallo / cocorolló, cocorolló / le devuelve el gallo viejo / cocorolló, cocorolló / le contesta la gallina / co co co co co co co cocó ”.
Después de ese exitazo, los sellos discográficos de Colombia se interesaron en esta importante agrupación, que, para esta causa, utilizó al bajista Nicolás Martínez. Según Aníbal Velásquez, las piezas que lograron grabar fueron 36, en distintas empresas. De esos discos, podemos mencionar “El Bocachico” (Paseo: Carlos Román), “El ron de vinola” (Merengue: Guillermo Buitrago), “San Jacinto” (Cumbia: Aníbal Velásquez), “Parece que va a llover” (Paseo: Aníbal Velásquez), “El gavilán” (Merengue: Juan Velásquez), “Di si me quieres” (Merengue: Aníbal Velásquez), “Cariñote” (Merengue: Carlos Román) y “Qué le pasó a los vallenatos” (Merengue: Aníbal Velásquez).
De todos esos temas, “El Bocachico” fue el de más recorrido, grabado en Discos Tropical en 1955, junto a la guaracha “La bronca”, del prolífico Carlos Román, otra pieza que puso a cantar y bailar al país. ¿La recuerdan? “Abraham S. Hoyos / Abraham S. Hoyos / se formó la bronca / con quién formó la bronca / con Bartolín Barreto / por que formó la bronca / ya se lo llevan preso”.
Y la memorable “Cumbia negra”, de Aníbal Velásquez, no puede pasar inadvertida. Roberto Román la cantó con un dejo típico, muy sintomático en este ritmo, para que su melodiosa voz se escuchara como el trinar de un canario flauta. El joven Aníbal, ya con 18 años de edad, dominaba el acordeón de tal manera que evocó, con alegría, el triste destino de las negritudes desde la ingrata Colonia. A través de ese lamento sonoro, se les escuchó: “Bailen la cumbia/ que está caliente/ prendan las velas/ voy a bailar/ la cumbia negra/ para gozar/ bellas palmeras/ vientos de mar”.
Así fue cómo Los Vallenatos del Magdalena escribieron un bello capítulo del libro musical de Colombia. Con una pregunta obligada: ¿Por qué duraron tan poco tiempo? Nuestro informante de turno, así lo relató:
"El grupo se resquebrajó por Carlos Román. Él se nos perdía cuando estábamos actuando, lo que contrariaba a todos nosotros. Y cuando Carlos aparecía, se le notaba mal en su aspecto. Una mirada nuestra, era suficiente para que destrozara la guitarra. Al día siguiente era otro, un tipazo. Nos pedía perdón, pero nuevamente caía en lo mismo. ¡Imagínense, que la guitarra más “baratonga” costaba 18 pesos!
A partir de este lío, nos fuimos separando. Y como yo ya venía ilusionándome con mi propio conjunto, ¿qué más podía esperar? A pesar de todo, a Carlos Román siempre le he guardado una especial gratitud al hacerme crecer como artista, principalmente al transmitirme sus conocimientos aprendidos para componer y por darme la oportunidad para cantar el paseo de mi autoría “Gladis”, en el que me di a conocer con el atributo de vocalista que mi Dios me ha dado.
Pero lo que dije al principio pesó. Mis padres, lo mismo que mi hermano Juan, estuvieron de acuerdo que lo mejor era abrirnos hacia otro camino. Yo me sentía con la libertad de poder tocar el acordeón a la manera como lo hacían mis admirados músicos cubanos, entre ellos los que componían a la inmortal Sonora Matancera, con Bienvenido Granda y Daniel Santos a la cabeza. Esa cubanía que me atraía, la podía concretar, a mi manera, con una nueva sonoridad. Así logré hacer bailar las guarachas al estilo Velásquez, en las que mi hermano menor, “Cheíto”, fue fundamental al reemplazar el bongó por la tradicional caja vallenata."
De esta manera, Colombia vio nacer “Al mago del acordeón”, como bien lo calificara el maestro Luis Enrique Martínez. Historia, de paso, suficientemente conocida, y que Aníbal Velásquez sigue repasando en su hogar de La Ciudadela 20 de Julio, al lado de su amadísima Julieta, la mujer que ha logrado “domarlo” en su desenfrenada vida.
Fuente: Por Arnold Tejeda Valencia, en La Lira, Septiembre - noviembre 2009, Num. 22.
El día 22 de diciembre del 2013 falleció Diomedes Díaz "El Cacique de La Junta" en la ciudad de Valledupar, Colombia, a la edad de 56 años.
Al Cacique, considerado uno de los más grandes exponentes que ha dado el vallenato, lo recordamos hoy con esta producción del año 2001, enseguida los temas:
01 El perdón 02 Un millón de días 03 El tigrillo 04 El tigrillo 05 El copete 06 A mi mamá 07 Mujer del alma 08 Bendito sea Dios 09 Mujer del alma 10 Todo tiene su final 11 Carmencita 12 Aquel niño 13 La garra
Aquí una muestra: El tigrillo
El disco completo está disponible en el foro.